Imagínense que un carismático líder pretende proteger a nuestros menores de los males de la red de redes. Un personaje siniestro, mentiroso, cuyo único propósito político es el de perpetuarse en su poltrona, escondiendo detrás de su velada ambición el aprovechar la coyuntura para taparle la boca a todo quisqui que tenga la osadía de esbozar alguna inoportuna idea que pueda comprometer sus ambiciones políticas. ¿Confiarían en él y en las espantosas leyes o decretos que podría esbozar?
Además de la educación, proteger a nuestros menores es tan sencillo como disponer de un escritorio activo para menores en los dispositivos móviles, y que las compañías lo desactiven cuando el usuario realice el contrato y muestre con su DNI que es mayor de edad.
En Galicia, el alumnado va a la escuela con un netbook que dispone de una aplicación que garantiza que los estudiantes sólo pueden usar sus dispositivos para estudiar, y no tienen acceso a las redes sociales, ni a Facebook ni a Tik Tok ni a WhatsApp, ni a todas esas distracciones que en la escuela no se precisan. ¿Por qué una espantosa ley si técnicamente es posible resolver el problema sin ella?


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